Gery Polanco

Origen y formación

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Yo crecí en una familia muy relacionada con la cultura, con el arte y con el conocimiento. Y eso siempre ha sido para mí algo que marcó mi camino profesional, mi vocación, mis gustos y mis afinidades. En mi casa se hablaba de libros, de política, de música, de poesía.

Mi padre Jaime, abogado de causas sociales, cargaba siempre una cámara; le gustaba la fotografía, registraba lo que veía, la gente, las calles. Creo que de ahí me viene esa idea de que una imagen construye memoria.

Mi madre Gloria fue profesora muchos años, y verla preparar sus clases, tener paciencia con los estudiantes, me enseñó el valor de la educación.

Desde niña me gustaba observar.
Mirar y volver a mirar.

En el colegio era muy juiciosa, me gustaba leer, el arte, la historia, geografía. Me gané el reconocimiento al mejor bachiller por el puntaje del ICFES y yo elegí Comunicación Social porque sentía que allí podía juntar todo: la palabra, la mirada, las historias.

Mi primer amor fue la fotografía.

Con la cámara aprendí a mirar distinto, a entender que mirar también es relacionarse con el otro. A través de la fotografía llegué al cine.

Esa mezcla entre lo que se fija (el espacio) y lo que se mueve (el tiempo) se volvió un camino creativo. Y ahí, empezó todo: mi relación con las imágenes, con la docencia, con la escritura.

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Todo lo que viví desde pequeña —las conversaciones en la casa, las películas que veía los domingos, los cuadernos de mi mamá, la cámara de mi papá— fueron empujando hacia el mismo sitio. Entender el mundo a través del arte. Esa fue, y sigue siendo, la brújula.

MI etapa en Contravía Films

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Finalizando la universidad, empezó mi camino como productora, quería hacer cosas para la pantalla grande y me decía que quería estar detrás de cámaras. Siempre quise saber cómo se construyen las historias desde la idea hasta la pantalla.

En ese momento, nos juntamos con otros tres colegas de la U Oscar Ruiz, Marcela Gómez y William Vega) y co-fundamos Contravía Films, una empresa en a que estuve diez años. Éramos un grupo con ganas de hacer un cine con mirada poética.

Desde Contravía hicimos películas que hoy son parte de la historia del cine colombiano: El vuelco del cangrejo, La sirga, Los hongos, Siembra. Cada una fue una aventura distinta, una escuela en sí misma.

Eran tiempos en los que producir una película era casi una
hazaña, y sin embargo lo hacíamos con una fe enorme en que el cine también podía ser
una forma de hacer país.

Recuerdo los viajes, los rodajes imposibles, las noches sin dormir buscando recursos o
cerrando presupuestos, la emoción de ver nuestras películas llegar a festivales
internacionales. El vuelco del cangrejo estuvo en Berlín, La sirga estuvo en Cannes, Los
hongos ganó en Locarno. En cada uno de esos pasos entendí que el cine colombiano
podía dialogar con el mundo sin perder su raíz.

La escuela de la producción

Aprendí de producción, del trabajo en equipo, de crisis, del valor de la constancia. Hacer cine en Colombia era, y sigue siendo, un acto de resistencia, y en esos años comprendí que producir también es cuidar una historia, una memoria.

Esos diez años me dieron la certeza de que el cine no solo se hace con cámaras y guiones, sino con convicción. Que detrás de cada película hay una red de personas, afectos y creencias que la sostienen. Y que mi lugar, desde entonces, sería ese: acompañar las historias para que encuentren su forma, su camino y su voz.

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Docencia e investigación

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He sido una persona con muchos intereses. y dos de ellos me han abrazado mucho: la docencia y la investigación.

Siempre he sentido que enseñar también es otra forma de sistematizar mi camino como productora y de compartir los saberes mutuamente entre una y las estudiantes. Acompañar procesos de formación ha sido fundamental para mi para siempre estar visitando la historia del cine, el pensar metodologías para la investigación-creación y para estar alimentándome de cómo el cine va cambiando y gestando nuevas formas de hacerse y de consumirse.

También tuve la oportunidad de acercarme al video comunitario y los procesos de creación en los territorios. Trabajé con comunidades afro, con mujeres, con jóvenes que usaban la cámara para narrarse a sí mismos, para reconstruir lo que se les había arrebatado. Vi de cerca cómo una imagen puede dignificar, cómo se convierte en espejo y herramienta. Ser docente en esos espacios fue un aprendizaje enorme: enseñar a mirar también es aprender a mirar de nuevo.

Paralelamente, desarrollé un proyecto sobre un archivo audiovisual, el de Rostros y Rastros, junto a Camilo Aguilera, una investigación sobre la gestión archivística y la importancia de las imágenes para el futuro. Ese trabajo me abrió otra puerta: la de pensar el cine no solo como obra terminada, sino como memoria viva, como algo que debemos mantener activa para las generaciones que vienen.

Esa etapa fue de mucho aprendizaje sobre lo patrimonial, sobre la obsolescencia programada en la que vivimos y sobre la importancia de mirar el pasado. Pensar en los archivos del futuro me hizo entender que lo que filmamos hoy no es solo presente, es también documento, historia, identidad. Cuidar de esos archivos es haber sido querientes de esos legados para el futuro.

Y creo que esa parte de mi camino —investigar, acompañar, compartir— se volvió un puente entre mi trabajo como productora y mi mirada como feminista, aunque todavía no lo sabía. Porque detrás de cada imagen siempre hay una pregunta por quién la cuenta, desde dónde la cuenta y para quién la cuenta. Y ahí, justo ahí, empezó a nacer otra etapa de mi historia.

Cine y feminismo

En 2016 me llegó la propuesta de hacer un documental para una serie de televisión y esta experiencia se convirtió en el detonante de mi camino como cineasta feminista. Era la primera vez que yo dirigía un proyecto y me llegó la pregunta ¿Por qué no lo hice antes? Y responderme eso me llevó a darme cuenta como había estado reproduciendo el patriarcado, es decir, ocupando el lugar que los demás me daban y donde me sentía “cómoda” pesar de mis habilidades y pasión por la producción audiovisual.

Descubrí que dirigir era bonito y miedoso a la vez, porque das un paso al frente, no eres sostén de los otres, eres la punta de lanza y eres en quien más debes confiar.

Esta experiencia dio a luz mi documental autobiográfico “Entre Vientres” que se hizo también en el momento en que atravesaba procesos personales muy profundos en relación a mi cuerpo y la energía femenina. Caminé procesos de autoconocimiento, círculos de mujeres, rituales y ceremonias ancestrales, que hasta hoy hacen parte de mi estilo de vida.

En esas actividades conocí mentoras y mentores que me han acompañado para fortalecer la relación que tengo con lo creativo. Empecé a leer a muchas autoras, a ver más películas dirigidas por mujeres, a conectarme con proyectos de mujeres cineastas del mundo como el Me Too y el Festival Cine en Femenino.

Así que algo cambió mi manera de mirar el cine: que crear también puede ser una forma de sanar, y que las mujeres necesitamos lugares donde sentirnos seguras para hacerlo.

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En uno de esos talleres de autoconocimiento me hicieron una pregunta simple: “¿Qué harías si tuvieras tiempo y dinero ilimitado?”. Respondí sin pensarlo: “Crearía un espacio para mujeres, para que no les pase lo que a mí me pasó, para que tengan un lugar seguro donde crear”. Y así, desde esa claridad, nació Killary CineLab.

Lo visioné como un ecosistema de creación, investigación y de promoción del cine de mujeres. Un espacio donde las cineastas pueden pensar, narrar y construir juntas. Killary es para compartir procesos creativos y para cultivar los proyectos. Un lugar para vernos y reconocernos mutuamente. 

Su nombre lo busqué en otra lengua y encontré en el quechua la palabra killary, la cual significa “luz de luna al amanecer” y esto para mí era una gran metáfora del proceso creativo de las mujeres: necesita fluir y conectarse con lo más profundo para salir al alba y hacerse luz.

Desde entonces me asumí como cineasta feminista

Entendí que le debíamos mucho a los movimientos feministas que lucharon por las oportunidades que tengo hoy como estudiar, decidir sobre mi cuerpo, tener independencia económica. Que mi misión era honrar estos legados y desde mi apuesta en el cine, seguir aportando a comprender que si las mujeres no somos iguales, que si no reivindicamos nuestro lugar de enunciación, si no estamos, el mundo se pierde una parte importante de la historia.

Desarrollo de Killary CineLab

Desde entonces han pasado ya varios años, y Killary ha ido creciendo. Hicimos la primera y hasta hoy la única investigación sobre brechas de género en el cine colombiano, y estoy por entregar dos más: una sobre brechas en festivales y otra que actualiza la primera. También hemos desarrollado laboratorios y talleres como Rompe el Cristal, Desafío G y El viaje de la heroína, que combinan procesos creativos con formación en perspectiva de género. Cada encuentro ha sido una comprobación de algo que ya intuía: que cuando una mujer se siente segura, crea desde otro lugar.

Killary no es solo un espacio de formación, es una comunidad. Allí las mujeres del cine se encuentran, se acompañan, comparten saberes, dudas, logros. Es un territorio simbólico donde el arte se cruza con la vida, y donde el aprendizaje es colectivo. Porque para mí, más que una escuela, Killary es un centro de pensamiento. Un lugar donde se investiga, se reflexiona y se enseña desde la sabiduría compartida.

La formación con perspectiva de género es parte de ese corazón. Nos permite entender cómo las narrativas reproducen estereotipos y cómo el lenguaje reproduce de manera sistemática las violencias Lo que consumimos moldea lo que pensamos, y por eso es importante aprender a mirar de manera crítica, tanto lo que vemos como lo que hacemos.

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Killary CineLab sigue creciendo.

Hoy es una red de mujeres que investiga, crea, enseña y visibiliza lo que las mujeres cineastas hacen. Y cada vez que veo a una de ellas dirigir su primer corto, presentar su película, liderar un equipo, confirmo que sí podemos y que lo hacemos con todo el poder y la fuerza creativa que tenemos. Que este espacio que empezó como una intuición se volvió un refugio para muchas.

La Cinemateca de mis amores

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En los últimos años 7 años empecé a moverme hacia otros espacios del cine como la circulación y la exhibición de cine. Estuve cinco años dirigiendo la Cinemateca del Museo La Tertulia, un lugar que me permitió ver el bosque completo y que ha sido el centro de la cinefilia en la ciudad por 50 años.

Aprendí sobre programación, sobre cómo pensar la relación entre el cine y los públicos, sobre el negocio del cine a cabalidad. Y me gustaba esa idea de pasar de la creación a la mediación: ayudar a que las películas encontraran su camino hacia la gente.

También fue un tiempo para ver lo que está pasando en el cine colombiano: las búsquedas nuevas, los temas que nos atraviesan, las voces que están emergiendo.

Cuando uno produce, camina con su película bajo el brazo, cuidando cada detalle; pero en una cinemateca llegan todas las películas, todas las miradas, todos los modos de hacer. Ahí entendí mucho sobre cómo circula el cine, cómo dialogan las historias, cómo se cruzan los lenguajes y las preguntas de los creadores.

Mi lugar en el Festival de Cine de Cali

Casi en paralelo, me integré al equipo del Festival Internacional de Cine de Cali. Empecé como asistente de dirección junto a Luis Ospina, uno de los cineastas más importantes del país, y trabajar con él fue un privilegio enorme. Luis tenía una manera genuina de ver el cine: libre, irreverente, arriesgada. De él aprendí que el cine crea comunidades.

En el Festival he estado hasta asumir la dirección ejecutiva, rol que desempeño desde hace tres años. Ha sido un proceso de crecimiento y de responsabilidad grande, porque dirigir un festival no es solo coordinar una programación, es sostener una apuesta de ciudad desde lo público porque FICCALI es un evento de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Cali. Hemos fortalecido alianzas, gestionado apoyos públicos y privados, y logrado que el festival se mantenga como uno el segundo más grande del país.

Después de la pandemia, el público volvió poco a poco. Pasamos de seis mil a siete mil asistentes, luego a casi ocho mil, y este año llegamos a diez mil. Ese crecimiento no es solo un número, es la prueba de que la gente sigue buscando el cine como un espacio de encuentro.

Me gusta pensar que el festival no solo exhibe películas: también forma, conecta, provoca encuentros. Cada año buscamos que la programación académica sea sólida, con invitados que inspiren, con temas que cuestionan y que abran preguntas. Me interesa que el FICCALI sea un lugar donde el cine se piense, se celebre y se defienda.

Para mí, tanto la Cinemateca como el Festival han sido espacios de aprendizaje y de servicio. Me recuerdan que el cine no existe solo en los rodajes o en las pantallas, sino también en las conversaciones que deja, en los lazos que crea, en la manera cómo se transforma la mirada.

Mi productora Ojo Agua Cine

Después de cerrar mi ciclo en Contravía, sentí la necesidad de construir un nuevo lugar desde donde producir. Algo más íntimo, más conectado con mis preguntas de ese momento. Así nació Ojo Agua Cine, mi casa productora. La fundé un par de años después de dejar Contravía, cuando hice la película María de los Esteros y entendí que necesitaba un espacio propio para seguir explorando el cine.

Desde Ojo Agua he producido y dirigido varias películas que han sido muy significativas para mí. Entre ellas están los documentales En tránsito y La marcha del hambre. En tránsito cuenta la historia de una pareja que atraviesa una situación límite: la enfermedad, el cáncer, la despedida. Es una película sobre la fragilidad, sobre el amor cuando el cuerpo empieza a ceder. Una manera de elaborar la enfermedad y la muerte desde la intimidad.

 

La marcha del hambre reconstruye un hecho olvidado en la historia de Colombia: la épica caminata de maestros y maestras desde Santa Marta hasta Bogotá para exigir mejores condiciones laborales y educación pública digna. Esa película fue, y sigue siendo, un acto de memoria.

Ahora estoy en producción de dos largometrajes de ficción: Una mujer rota, de Libia Estela Gómez, una directora a la que admiro mucho y El nido de las alas, mi próxima película. Una mujer rota es una historia sobre las violencias basadas en género, contada desde la intimidad y la fuerza de las mujeres que reconstruyen su vida. Es una película con un 100 % de equipo femenino, y eso la hace profundamente coherente con lo que creemos y defendemos. Por su parte, El nido de las alas, en cambio, es un relato más simbólico: tres historias cruzadas —una sobre el aborto, otra sobre la enfermedad y otra sobre la vejez— que hablan del cuerpo como territorio, de la libertad y de la soledad. Es un proyecto muy personal en clave de ficción. También produzco la película documental Memoria perdidas y encontradas de Josephine Landertinger sobre la relación de la identidad con las migraciones.

Además de estos largometrajes, OjoAgua desarrolla varios cortometrajes y procesos de acompañamiento creativo. Es una productora que trabaja a su ritmo y con convicción de la necesidad de contar las historias que queremos hacer.